Exceso de elogios y ausencia de ellos

Por: Miriam Rizcalla de Cornejo

Si hay algo realmente frágil en cada ser humano es su autoestima, su amor propio, por lo tanto fácil de romper sin mayor esfuerzo, más aún cuando no medimos lo que hacemos o decimos…y lo que dejamos de hacer o decir a los demás.

Alguna vez escuché una expresión, y me pareció tan acertada la observación que la comparto: “tanto daño hace el exceso de elogios como la ausencia de ellos”. Una verdad muy grande. El daño que ésta llega a causar en la personalidad y proyección social del individuo puede ser fulminante.

Cuando somos niños recibimos un caudal de elogios inagotables, la creatividad de nuestros seres queridos supera en mucho a la de cualquier niño. Elogios van y elogios vienen y cuál de todos más exagerado. Como niños, inocentes, todo lo creemos, hasta las mentiritas piadosas…Es comprensible, todo emana del gran amor que padres y familiares sienten por sus chiquitines.

En este sentido, debemos ser cuidadosos con lo que decimos a nuestros hijos. No se recomienda elogiar en exceso las “proezas” de nuestros pequeños si realmente no hicieron algo sobresaliente, es decir, si un niño está bailando, como lo haría cualquier otro sin mayores ritmos y destrezas especiales, los elogios han de ser mesurados, prudentes, sin caer en el exceso permitiendo al pequeño creer que es un genio del baile cuando a todas luces no lo es. Esto, lejos de hacerle bien, le haría daño, crecería con ideas equivocadas y lo estaríamos empujando para hacer, en el peor de los casos, el ridículo entre personas ajenas a la familia, que no vacilarán en convertirlo en objeto de sus chistes y burlas. Lo que es peor, lo animaríamos a crecer engañado. Por amor a ellos no debemos caer en ese error, antes bien, debemos ayudarlos a descubrir cuáles son sus fortalezas y cuáles sus debilidades y cómo convertir éstas últimas en las primeras. Ellos lo agradecerán en el futuro.

El riesgo de elogiar en exceso puede llevar a una persona a conformarse con dar muy poco de sí mismo y sin mayor esfuerzo y vivir convencido que aún así la sociedad le compensará por lo que hace.

Ahora, la otra cara de la moneda, el no elogiar nunca a una persona por sus méritos, por lo que hace, aún cuando no sea nada extraordinario, también es catastrófico. Es decir, cuando los extremos se tocan todo es malo. Todo esfuerzo e intento por hacer algo, especialmente aquello que es de su agrado merece un reconocimiento de nuestra parte, sin desbordamientos de ninguna clase, simplemente una observación sana, respetuosa, sincera y honesta. No existe un mortal sobre la tierra cuyo corazón no salte de alegría por un pulgar hacia arriba como gesto de aprobación o cuando escucha unas palabras bonitas hacia su persona. Hasta vidas podemos salvar y sin saberlo!

Lo importante es procurar ese punto de equilibrio donde no se lleve al engaño ni se destruya la confianza en la persona. Esto aplica no sólo para nuestros hijos, sino para el resto de la familia, amigos y conocidos.

Que Dios bendiga nuestros pensamientos, palabras y acciones para construir y nunca destruir.

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