Comuníquese con sus hijos desde pequeños

Por:  Miriam Rizcalla de Cornejo

Hoy dedico unas cortas líneas a aquellas mujeres que están prontas a dar a luz o que ya tienen entre sus brazos un bebé.

Consciente de la gravedad del problema que existe entre padres e hijos en cuanto a la comunicación, aprovecho para animar, en este caso a las madres, a que desarrollen una sana y maravillosa relación con sus hijos desde ahora, ya, y no esperen a que el problema se haya instaurado en casa para ver qué medidas tomar.

Sin agobiarlas mucho, aquellas que tengan la oportunidad de amamantar a sus bebés, por favor no dejen de hacerlo, no importa si la estética de nuestros pechos se ve afectada, acaso sea el precio que debamos pagar para ver a nuestros hijos rebosantes de salud y de manera muy especial, lograr esa conexión emocional tan única que nace en esos momentos en que alimentamos a nuestros chiquitines, tocando sus cachetitos, cantándoles, hablándoles, estimulando esa cabecita…es en esos momentos cuando podemos decir que empiezan a sentarse las bases de lo que será una magnífica comunicación en el futuro con nuestros hijos, y eso ¡no tiene precio!

Esos instantes de hoy irán cambiando día a día conforme van creciendo, pero nunca deben dejarse a un lado, esta labor es de cada día, las 24 horas del día por el resto de nuestra existencia.

Comparta con sus hijos, hable con sus hijos, escuche a sus hijos, hoy, mañana y siempre, y el ansiado respeto, amor y comunicación vendrán por añadidura.

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Impacto de las mudanzas en los hijos

Por: Miriam Rizcalla de Cornejo

Diversas razones llevan a muchas familias a desplazarse de un lugar a otro. Se estima que para el 2050 casi la mitad de la población mundial vivirá en países o ciudades distintos a su lugar de origen.

Si cambiar de residencia implica una serie de cambios y transformaciones, en ocasiones difíciles de enfrentar para los adultos, cuánto más cuando se tiene, además de un par de maletas al frente, un par de niños al hombro. Acaso éste sea el detalle más sensible al que nos debamos enfrentar. Cómo emprender semejante aventura, y en el proceso, cuidar la estabilidad emocional de nuestros hijos.

Cómo manejar esta situación y cómo les afectará dependerá un poco de la edad que tengan. Cuando son pequeñitos van a todas partes felices, siempre y cuando estén cerca de sus padres, el asunto se complica cuando son adolescentes y empiezan a tener sus propias actividades sociales, sus amistades, ese entorno conocido y familiar, si están felices con la escuela y sus compañeros de clases, si les gusta donde viven, en fin, una serie de elementos e intereses que afloran al instante cuando de mudanzas se trata.

Cuando no hay opción, y hay que mudarse, lo mejor es sentarse y hablar. No imponer. Plantear los pro y los contra, y entre todos razonar acerca de los beneficios que ésta pudiera traer a futuro. La razón más común para una mudanza la encabezará, seguramente, la situación económica familiar. Las razones pueden ser tan variadas como complejas: economía, salud, violencia, seguridad…Cada familia debe exponer sus puntos y como tal tomar una decisión cuidando siempre la salud emocional de sus hijos, especialmente cuando están en proceso de cambios.

Sin lugar a dudas se trata de un tema realmente complejo por la descarga emocional que implica empezar de cero. Dejar atrás lo cotidiano, el techo donde vives, es como dejar una parte de tu vida, de tu historia… Difícilmente alguien pueda sugerir una “receta” para manejar esta decisión a la perfección, en el camino algo se pierde, como también se gana, todo supone un riesgo, todo…al final, lo importante, como siempre, es que los hijos se sientan apoyados y tomados en cuenta, lejos de imponerles una situación hay que involucrarlos en ella, mediante el diálogo y una buena comunicación, y con ello, evitar resentimientos futuros. Que una decisión de esta naturaleza, lejos de dividir a la familia, venga a sumar más y nuevas experiencias, enriquecedoras, y en el trayecto fortalecer aún más la unión familiar y la buena comunicación entre padres e hijos.

Deportes y comunicación

Por: Miriam Rizcalla de Cornejo

Involucrar a los hijos desde pequeños en el mundo del deporte, además de placentero y beneficioso para todos, contribuye, de ser bien aprovechado, a desarrollar una excelente comunicación con ellos.

Cuando mi hijo tenía apenas siete años descubrió, cual revelación mágica de la vida, el fabuloso mundo del deporte, hizo del fútbol su vida, su mundo, su todo.

No soy deportista y nadie en la familia lo es, por lo que a todos nos sorprendió su fascinación por el bendito balón. Conforme el tiempo pasó el fútbol nos unió, cada proeza realizada, cada gol anotado era un motivo para conversar y celebrar, así mismo cada mal golpe, cada gol que no entró, cada pérdida -porque las hay y muchas- también representó un momento de conversación, de dar ánimos, de seguir adelante…

En ese constante ir y venir detrás de la pelota, en todas sus prácticas y torneos de competencia había un mundo pleno de comunicación, de sentirse apoyado, animado, valorado, elogiado, fortalecida su autoestima, desarrollando día a día una capacidad increíble para comprender las altas y bajas, que así como en el deporte también se tienen en la vida, que en ocasiones los días parecen grises y llenos de pérdida y derrota, pero que el sol siempre sale para todos y como en el fútbol también se anotan muchos goles, es decir, también tenemos nuestros momentos gratificantes e inolvidables.

Compartir esos instantes de angustia, tristeza y felicidad inconmensurables junto a nuestros hijos no tiene precio y se graba en la memoria para siempre como episodios maravillosos que nada más recordar aflora una sonrisa en el rostro.

Como consecuencia lógica de todo lo anterior surge, sin mayor esfuerzo, casi sin pensarlo, un grado de comunicación como pocos pueden imaginar y que va más allá del deporte.

Todos los niños deben participar de una actividad, bien sea deportiva, musical o cualquier otra que les llene de entusiasmo, pero que estén involucrado en algo de su interés y nosotros como padres debemos invertir parte de nuestro tiempo en acompañarlos y apoyarlos en todo momento. El resultado de esa combinación no puede ser mejor: una maravillosa comunicación entre padres e hijos.

Hagamos que nuestra comunicación con ellos sea un gol, el mejor de nuestras vidas.

Bellos y gratos momentos compartidos

Por: Miriam Rizcalla de Cornejo

Hace muchos años leí algo que me resultó curioso y siempre lo he tenido en cuenta.

En una ocasión, una mujer jugaba con sus pequeños niños al frente de su casa. Esta escena se repetía con frecuencia. Un día, una vecina amiga pasó cerca y le preguntó: Amiga, ¿cómo haces para tener la casa y la ropa limpia y en orden, para cocinar y hacer todo lo necesario en casa si siempre estás afuera jugando y compartiendo con tus hijos? La curiosa vecina obtuvo por respuesta lo siguiente: Cuando mis hijos crezcan no recordarán si la casa y la ropa estaban sucias y desordenadas, ellos sólo recordarán los bellos y gratos momentos compartidos…

No se trata de que vivamos en medio de la suciedad y el desorden, pero que las pequeñeces de la vida no nos ocupen y nos distraigan tanto como para no tener tiempo para nuestros hijos.

Para las jóvenes madres es difícil comprenderlo, pero para las que tenemos hijos adolescentes, y estrenando mayoría de edad, sabemos cuán rápido pasan esos años de infancia, los más tiernos, lindos y encantadores para dar paso a otra fase que, aunque hermosa también, llega con algo llamado independencia. Una etapa en la que nuestra presencia no es igual a cuando eran niños. Algo normal.

No dejemos pasar esos momentos tan valiosos junto a nuestros hijos. Cada etapa trae consigo su encanto, su magia, escenarios en los cuales debemos movernos y actuar de la mejor manera posible para que la obra más grande y maravillosa que presenciemos a lo largo de nuestras vidas sea la propia, una obra espléndida, llena de recuerdos gratos y memorables para todos sus protagonistas: La familia!

Exceso de elogios y ausencia de ellos

Por: Miriam Rizcalla de Cornejo

Si hay algo realmente frágil en cada ser humano es su autoestima, su amor propio, por lo tanto fácil de romper sin mayor esfuerzo, más aún cuando no medimos lo que hacemos o decimos…y lo que dejamos de hacer o decir a los demás.

Alguna vez escuché una expresión, y me pareció tan acertada la observación que la comparto: “tanto daño hace el exceso de elogios como la ausencia de ellos”. Una verdad muy grande. El daño que ésta llega a causar en la personalidad y proyección social del individuo puede ser fulminante.

Cuando somos niños recibimos un caudal de elogios inagotables, la creatividad de nuestros seres queridos supera en mucho a la de cualquier niño. Elogios van y elogios vienen y cuál de todos más exagerado. Como niños, inocentes, todo lo creemos, hasta las mentiritas piadosas…Es comprensible, todo emana del gran amor que padres y familiares sienten por sus chiquitines.

En este sentido, debemos ser cuidadosos con lo que decimos a nuestros hijos. No se recomienda elogiar en exceso las “proezas” de nuestros pequeños si realmente no hicieron algo sobresaliente, es decir, si un niño está bailando, como lo haría cualquier otro sin mayores ritmos y destrezas especiales, los elogios han de ser mesurados, prudentes, sin caer en el exceso permitiendo al pequeño creer que es un genio del baile cuando a todas luces no lo es. Esto, lejos de hacerle bien, le haría daño, crecería con ideas equivocadas y lo estaríamos empujando para hacer, en el peor de los casos, el ridículo entre personas ajenas a la familia, que no vacilarán en convertirlo en objeto de sus chistes y burlas. Lo que es peor, lo animaríamos a crecer engañado. Por amor a ellos no debemos caer en ese error, antes bien, debemos ayudarlos a descubrir cuáles son sus fortalezas y cuáles sus debilidades y cómo convertir éstas últimas en las primeras. Ellos lo agradecerán en el futuro.

El riesgo de elogiar en exceso puede llevar a una persona a conformarse con dar muy poco de sí mismo y sin mayor esfuerzo y vivir convencido que aún así la sociedad le compensará por lo que hace.

Ahora, la otra cara de la moneda, el no elogiar nunca a una persona por sus méritos, por lo que hace, aún cuando no sea nada extraordinario, también es catastrófico. Es decir, cuando los extremos se tocan todo es malo. Todo esfuerzo e intento por hacer algo, especialmente aquello que es de su agrado merece un reconocimiento de nuestra parte, sin desbordamientos de ninguna clase, simplemente una observación sana, respetuosa, sincera y honesta. No existe un mortal sobre la tierra cuyo corazón no salte de alegría por un pulgar hacia arriba como gesto de aprobación o cuando escucha unas palabras bonitas hacia su persona. Hasta vidas podemos salvar y sin saberlo!

Lo importante es procurar ese punto de equilibrio donde no se lleve al engaño ni se destruya la confianza en la persona. Esto aplica no sólo para nuestros hijos, sino para el resto de la familia, amigos y conocidos.

Que Dios bendiga nuestros pensamientos, palabras y acciones para construir y nunca destruir.

Cuando nadie quiere escuchar

Por: Miriam Rizcalla de Cornejo

Es el título de una película de la vida real que ví hace muchos años. La trama estaba basada en el tema de la violencia doméstica. Al final, la protagonista de la historia es asesinada a manos de su propio esposo y en presencia de los hijos, dos menores que en un instante quedaron sin sus padres para el resto de sus vidas.

Si tan sólo hubiesen hecho caso a las denuncias presentadas por ella, la víctima, ante las autoridades encargadas de estos casos, aquella tragedia se hubiese podido evitar. Esto es lo que muchas veces ocurre cuando nadie quiere escuchar.

Muchos de los temas llevados al cine están más cerca de nuestras vidas de lo que suponemos. A lo interno, en la familia, suele suceder que algún miembro está pasando por una situación difícil de sobrellevar y se comete el error de ignorar aquellas señales de alarma.

Estas señales, en el caso de los hijos, especialmente los niños y adolescentes, nunca deben tomarse a menos y pensar que simplemente son cosas de chiquillos. Es posible que para los demás estos problemas sean tonterías, pero quien los padece está en su derecho de sentir y considerar que se trata de algo serio.

Como padres no debemos caer en el error de mirar hacia otro lado cuando sabemos o intuímos que algo está pasando. No todo el mundo tiene la capacidad de lidiar con sus emociones y conflictos internos con entereza, fuerza y madurez. Muchas veces una persona puede sentir que se hunde en medio de la obscuridad y de la nada, cayendo en profundos estados depresivos, sin tener quién le escuche y le oriente, y tristemente esto suele ocurrir en el plano familiar. Es allí cuando los padres, más que nunca, debemos dejar todo a un lado y sentarnos a escuchar a nuestros hijos y hacerles saber y sentir que no están sólos y que para todo hay solución. Es muy importante, en estos casos, escuchar y orientar, NO recriminar y señalar con un dedo acusador, pues esto sólo empeoraría las cosas y no se trata de hundir, sino de rescatar.

De manera que cuando nuestros hijos nos necesiten, hagámosle saber que cuentan con nosotros. Evitemos que ocurran tragedias sin sentido que lo único que requería era un poquito más de atención, muchas familias atraviesan verdaderos dramas, situaciones familiares insostenibles cuya solución es alcanzable, pero muy difícil…cuando nadie quiere escuchar…

Navidad en familia

Por: Miriam Rizcalla de Cornejo

Se acerca la época más linda de todo el año: Navidad! Y qué mejor que pasarlo en familia. Es tiempo de celebración, de alegría y recogimiento, de reunirse con los amigos, disfrutar y compartir.

Aprovechemos estos días de preparación cuando el mundo de la cristiandad se apresta a celebrar el nacimiento del Redentor. Basta con echar una mirada hacia atrás, a nuestra infancia y recordar aquellos días cuando ayudábamos a nuestras madres en la decoración del arbolito o el pesebre tan tradicional en nuestros países. Aquello era una fiesta y quizá, sin proponérselo, nuestras madres registraron en nuestra memoria recuerdos imborrables, memorables, que hoy seguimos transmitiendo a nuestros hijos.

En aquellos días, entre luces y bombones, casitas, riachuelos, musgos y lentejuelas de los árboles del patio, se compartía la alegría de estar juntos y un cuento llevaba al otro, desde la importancia de amar a Dios, de portarse bien, de ayudar a los demás, y tantos consejos que seguramente se anidaron en nuestro interior y de alguna manera influyeron en nuestras vidas para bien.

Aprovechemos estos días hermosos del año para seguir la tradición. Entre cantos y música de villancicos, risas y ocurrencias, decoremos el árbol, hagamos un hermoso pesebre junto a nuestros niños y no dejemos pasar esos momentos de preparativos para celebrar el nacimiento del Niño Dios para hablarle a nuestros pequeños de lo que esto significa.

El relato de una historia muchas veces ayuda a mantenernos cerca y en constante comunicación con nuestros hijos. Y qué mejor historia que la del Niño Jesús y su gran amor por nosotros. De manera que, con el mejor de los ánimos y alegría, celebremos juntos Navidad en familia. Nuestros hijos lo recordarán eternamente y, en sus recuerdos, allí estaremos siempre.

Que el Niño Dios derrame bendiciones infinitas sobre nuestras familias cada día.

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